dom, 20 ene 2008 - Lourdes
Supongo que bajo el transfondo moralino de No country for old men subyace la idea de que, como vaticinara Newton en su tercera ley de la dinámica (gracias Wikipedia), toda acción tiene su reacción. Si en medio del desierto te encuentras unas cuantas furgonetas desvencijadas, unos cuantos mexicanos tiroteados, unos cuantos kilos de droga y un maletín con dos millones de dólares, y decides llevártelos, has de asumir que es más que probable que el dueño del dinero intente encontrarte para recuperarlo.
Lo malo es cuando quien te persigue es un asesino como al que da vida Javier Bardem: un psicópata hermético, cerrado e intimidatorio que en ningún momento de la película concede un hálito de esperanza. Con la efectividad de un operario suizo, con una falsa calma cargada de tensión y tozudez va dando todos los pasos necesarios para, de una manera u otra, cumplir la tarea que le han encomendado.
Comienza así una escalada de violencia de dimensiones incalculables en la cual se sustenta toda la película, pero no a la manera hollywoodiense, cargada de acción y visualmente efectista. No. Los hermanos Coen, que de ésto saben algo, trazan un camino cargado de silencios, de personajes colmados de introspecciones, traumas y debates internos en el que la muerte es sólo una consecuencia o un episodio más. Porque nunca la cosa acaba ahí.
Nos encontramos de esta manera con un Llewelyn Moss (Josh Brolin) tratando de huir sin una certeza cierta de hacia donde, un Anton Chigurh (Javier Bardem) al que de tan abyecto y loco da pánico mantener la mirada incluso en pantalla, un policia demasiado cansado para tomar parte de manera definitiva en las cosas (Tommy Lee Jones), y en medio una pléyade de secundarios muy al estilo Coen: la esposa de Moss, que asiste como mera espectadora a la bajada a los infiernos de su marido, una especie de negociador interpretado por Woody Harrelson, el capo de la droga que ansía recuperar su dinero...

No country for old men es como el terreno en que transcurre: ruda y áspera. Una película sin concesiones donde todo transcurre dentro de un patrón establecido con anterioridad y conocido por todos. En la capacidad de asunción de las cosas con mayor o menor estoicismo radica la adaptabilidad de los distintos protagonistas al ecosistema. Como si todo ya estuviera escrito, como si viniese dado por unos designios inevitables.
Dicho ésto de una manera tan soplagaitas es ahí, en esos designios inevitables, donde radica mayor problema de No country for old men: a medida que transcurre su metraje se torna más previsible. Tras un inicio desconcertante, en el que de manera muy somera se desgranan los acontecimientos y se definen los personajes, la historia se vuelve demasiado predecible, lo que hace que al final las dos horas de pelicula se hagan largas, muy largas.
Ésto no quita para reconocer que es una película magníficamente bien hecha, que por cómo está rodada puede recordar a Babel de González Iñárritu, en la que Ethan y Joel Coen huyen de su habitual humor negro para, sin abandonar temas como la sordidez, la avaricia y la mezquindaz, tratarlos de manera mucho más desapacible, más francos y menos histriónicos.
Sobre Javier Bardem sobran todas las palabras, porque la colección de premios que está cosechando ya habla de por sí. Inconmensurable en su papel de justiciero, se ha ganado un puesto, sin duda, entre los mejores del año.
