dom, 27 ene 2008 - Lourdes
Manda(rina) narices las traducciones de algunas películas. Con lo fácil que era dejar el título original, que era bien bonito: Cloverfield. No. Tenían que cambiarlo por uno simple y más rancio que una rebanada de pan con queso pasada una semana.
Bueno, a lo que íbamos.
La noche previa a irse a vivir a Japón, los amigos de Rob le organizan una gran despedida en su piso. Cerveza, música y mucha fiesta para pasar lo que se espera como una larga y bien recordada noche hasta que de pronto un gran estruendo, seguido de un apagón, sacude la ciudad. Lo que en un principio asemeja ser un terremoto con el epicentro cerca de Manhattan, se convierte en una noche de auténtico pánico en la que cuesta hacer frente a lo que realmente parece ocurrir: una criatura misteriosa, venida del mar, asola la ciudad.
Tras este argumento tan de Godzilla se esconde la última película producida por J.J. Abrams, padre de, entre otras, la exitosa Lost. Dirigida por Matt Reeves, experto también en series para la pequeña pantalla, la nota característica de Cloverfield radica en la forma en que está narrada, en primera persona, a través de la pequeña videocámara de uno de los amigos de Rob, al estilo de El proyecto de la bruja de Blair o la hispánica y terrible [REC].
La diferencia, y aquí comienza el momento vamos a ser francos, con la última cinta de David Plaza y Jaume Balaguero es que la credibilidad de Cloverfield es infima, rozando el ridículo y la falta de respeto hacia los espectadores. Ya incluso en su inicio, cuando aún no ha ocurrido ningún desastre, cuando la fiesta está teniendo lugar y se intenta presentar a los distintos protagonistas -que pasarán ante nuestros ojos a lo largo de toda la cinta sin pena ni gloria- no logras involucrarte con ellos en absoluto: son snobs, vacuos y demasiado artificiales como para que puedas sentir algún tipo de vínculo con ellos. Del monstruo ya ni hablo. Aparece por ahí escondido siempre entre edificios, sin saber por qué, destrozando absolutamente todo a su paso, y sin alma. Nada hay en él que te evoque a esos grandes monstruos de las películas japonesas por los que podías llegar a sentir incluso algo de afecto.

Después, cuando comienza el festival de destrucción que el bicho en cuestión ha tenido a bien organizar, todo es demasiado difuso, ruidoso y esperpéntico. La cámara se mueve tanto de un lado para otro, es tanta la oscuridad que apenas se ve nada y lo único que serviría para intentar entender algo, el sonido, es completamente nulo: es tanto el ruido de fondo, los gritos de la gente aterrorizada que no puedes hacerte cargo de nada y lo único que deseas es que la cosa se calme para poder asimilar algo.
Pero no. No hay momento de asimilación y sí más cargas militares cada vez con armas más grandes y una cola gigantesca y una cara sacada de los restos de Alien y momentos irrisorios como cuando, tras cuarenta minutos corriendo, una de las protagonistas aún mantiene indemnes sus maravillos zapatos de tacón en sus maravillosos pies.
Mediada la película, ésta se hace aburrida y tediosa. Al final, estás simplemente deseando que termine, algo que parece que nunca va a ocurrir, pese a que sólamente dura ochenta y cuatro minutos.
Pero por suerte llega un momento en que acaba.
Y fin.
