mié, 20 feb 2008 - Conway
Hace unos días comentaba el relativo poco peso que el género corto tiene en el panorama actual de las letras españolas. Quizá sea porque estoy más atento a lo que sucede fuera que a lo que se cuece por aquí, pero me cuesta identificar a escritores que encuentren en el relato breve la forma natural de expresarse. Menos mal que en los, por lo general injustamente vilipendiados, Estados Unidos las cosas no funcionan igual.Su inmensa población también ayuda, es verdad, pero lo cierto es que aparecen cuentistas hasta debajo de las piedras. Y no simples juntaletras, como el que suscribe, sino autores en toda regla, poseedores de una exquisita técnica narrativa y capaces de plasmar en unas cuantas páginas historias absorbentes, conmovedoras, críticas, sorprendentes y pasmosamente reales.
Las nuevas generaciones buscan todavía su referente (gente como Michael Chabon, responsable también de la novela Jóvenes prodigiosos, está muy bien posicionado), pero de maestros andan sobrados. John Cheever, Raymond Carver (el más mediático de todos ellos y fuente de inspiración para que Robert Altman realizara la enorme Vidas cruzadas) y Tobias Wolff son algo así como su Santísima Trinidad, ejemplos de la grandeza de un género que sólo es pequeño en su definición.
Mientras escribo esto, todavía estoy saboreando el regusto que me ha dejado una selección de relatos que recoge textos de 25 jóvenes (algunos ya no tanto) con el denominador común de su nacionalidad y la lengua en la que escriben. Habrá una vez, recopilado por Juan Fernando Merino y publicado hace ya unos años por Alfaguara, supone un acertado acercamiento al escenario actual del cuento norteamericano.

Es cierto que en una selección de este tipo el nivel de calidad es muy dispar, y es fácil identificar qué texto no es más que simple relleno y cual esconde un narrador extraordinario. Pero, igual que la cantidad puede rebajar el nivel cualitativo del libro, no es menos cierto que les ofrece mayores posibilidades de encontrar su relato indicado. Les aseguro que todos tenemos uno. Sólo hay que buscarlo.
