dom, 02 mar 2008 - Lourdes
Que Ken Loach es un director dado a tocar la fibra sensible del espectador es un hecho innegable: ya sea hablando del paro, de la adolescencia, ya sea tratando el tema la violencia, siempre lo hace de tal manera, socializándolo y haciéndolo tan tangible y cercano, que casi siempre termina por tocar esas teclas que remueven las entrañas y hacen que salgas del cine con una incómoda sensación de desasosiego.
Da igual si la película en sí, como guión, como historia narrada, es buena o mala: su consciente intención de provocar al espectador, de acercarle esas realidades no habituales en ese mundo de evasión en que por naturaleza convertimos el cine, por lo habitual surte efecto. Al menos a mí me ocurrió con Mi nombre es Joe, Felices dieciséis o Sólo un beso, por nombrar alguna muestra de su amplio repertorio. Así que supongo que decir que una película de Ken Loach lo más que provoca es indiferencia puede que para el propio director suponga el mayor de los agravios.
Qué le vamos a hacer. Un mundo libre... no me inspiró en ningún momento nada, ni bueno ni malo. Ya desde el comienzo tuve la sensación de estar encontrándome con una película muy artificial, cogida con hilos, que no establece una buena estructura de partida en la que sustentar el resto del film y que por eso a lo largo de su metraje se va tambaleando para lograr mantenerse en pie.
La historia está ambientada en el Londres actual, centrándose en la historia de Angie, una rubia treintañera que despedida de la agencia de reclutamiento en que trabajaba por negarse al acoso de un compañero, decide crear su propia empresa de trabajo temporal junto a su amiga Rose.
El primer fallo de la película radica en esta parte inicial: todo es demasiado fácil. Rose y Angie, de la nada, sólo con imaginación de ambas y los escotes de la segunda, logran establecer una empresa con su amplia cartera de clientes y su amplia red de colaboradores, siempre inmigrantes.
Es obvio que la película, equivocación en que Loach tiene la tendencia de caer, peca de panfletaria más que de reivindicativa, en este caso tratando el tema de la situación laboral de los inmigrantes y cómo de sádico y cruel puede ser el establishment laboral anglosajón. Lo que ocurre es que en un momento dado se entrelaza a esta crítica poco velada al mercado de trabajo la historia personal de la propia Angie y el espectador se dispersa: se juega a dos bandas y uno no sabe a cuál atenerse.
Aparte los personajes en su amplia mayoría son efímeros y planos, muy de folletín. Angie, la protagonista, pasa de momentos de insultante autoridad frente a los trabajadores, desde un puesto de ordeno y mando, a ser alguien sensible, cercano, incluso débil, consciente de la realidad que éstos viven, así que uno no sabe a qué atenerse. Supongo que todo radica en intentar mostrar a la sociedad y a quienes la componen con su amplio espectro de luces y sombras, pero sin duda no es el efecto que se consigue.
No voy a decir que Un mundo libre... sea una mala película porque no sería del todo cierto. Probablemente a otra gente le toque esa fibra sensible de la que hablábamos al principio, pero es que yo soy de la opinión de que a alguien como Ken Loach y a su guionista fetiche, Paul Laverty, habría que exigirles, de partida, algo más.
