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Cine

mié, 05 mar 2008 - Conway

Vaya por delante mi absoluta admiración por el cine de Paul Thomas Anderson, a quien considero el máximo aspirante a hacerse con el cinturón de Mejor Director en Activo que todavía posee, pese a algún descalabro próximo en el tiempo, Martin Scorsese. De ahí que mi opinión ante su última película, There will be blood (llámenme snob, pero me niego a nombrarla con el rídiculo título impuesto por la distribuidora en España), esté condicionada por mi adoración previa ante un tipo que ve y rueda cine como nadie de su generación. Es decir, que podría haber rodado un bodrio insufrible y pretencioso y, aun así, yo mantendría que se trata de un estimable ejercicio de estilo o alguna majadería similar. Así de simples somos algunos.

Por fortuna, Anderson sale indemne de un film que, por su desmesura, parecía ser un escenario más que proclive para un ridículo espantoso. El director de la magistral Magnolia adapta en esta ocasión una novela de Upton Sinclair, Oil!, en la que, a través de la historia de un empresario petrolero en la California de principios del siglo XX disecciona el eterno Sueño Americano basado en el esfuerzo y la constancia, pero también en la falta de escrúpulos, el fanatismo y la crueldad.

Lo hace, además, sin necesidad de recurrir a un estilo que ha sabido labrarse en una trayectoria de apenas cinco películas y que alcanzaba en Boogie nights y, sobre todo en Magnolia, su cima de brillantez. Aquí abandona su caractrístico y vertiginoso montaje y los violentos movimientos de cámara y apuesta por un uso menos agresivo de estos elementos, sin que por ello renuncie a elaboradas secuencias y destellos de genio marca de la casa. El mejor ejemplo, los diez o quince primeros minutos de la cinta, en los que, sin ninguna línea de diálogo, consigue un retrato perfecto del protagonista.

Daniel Day Lewis ha recogido este año todos los premios imaginables por su composición de un huraño prospector petrolífero cegado por la ambición y capaz de vender su alma al diablo a cambio de más y más lucrativos pozos. Al igual que Anderson en la dirección, el gran mérito del actor irlandés es contener un personaje que se presta demasiado a la caricatura, sobre todo en su excesivo tramo final, y convertirlo en real a los ojos de los espectadores. Que (me) tire la primera piedra quien apunte el nombre de otro actor capaz de mimetizarse en este antipático Plainfield y mantener el equilibrio justo entre la contención y la exageración.

Un último apunte para quienes van al cine a escuchar música: la banda sonora, un perfecto acompañamiento de las imágenes, por cierto, es obra de Jonny Greenwood. El de Radiohead. Ese.

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