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mar, 01 abr 2008 - Conway

Un considerable porcentaje de críticos estadounidenses lo colocan en lo más alto de entre los escritores que nacieron más o menos en los años sesenta del siglo pasado (el XX, para los despistados). No entraré a discutir este extremo, entre otras razones porque desconozco la obra de la mayoría de ellos. Lo que sí tengo que reconocer es que David Foster Wallace es uno de los narradores más hipnóticos y sorprendentes que he tenido la suerte de leer. Y también uno de los más irritantes.

 


Algo gravita en todas sus páginas que me lleva una y otra vez, aunque me resista, a ellas, en especial a las de sus ensayos sobre los más estrambóticos o aparentemente insulsos asuntos, pero donde clava de manera certera afilados dardos contra la estupidez humana.

 

En Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer cuenta su experiencia a bordo de un crucero de lujo en su periplo por el Caribe. Un microcosmos perfecto para que saque a pasear toda su mala leche y ridiculice sin piedad una sociedad capaz de idear semejante monumento a la tontuna y a lo hortera.

 

El libro contiene además un puñado de artículos más o menos interesantes, como el dedicado a la obra de David Lynch a partir de una visita al rodaje de Carretera Perdida o el que se centra en la figura de un tenista de segunda o tercera fila durante su participación en un torneo. Es conveniente avisar, no obstante, de que en los textos de David F. Wallace, el qué no es, ni mucho menos, tan relevante como el cómo. Sólo así es posible entender que partiendo del más prosaico de los escenarios sea capaz de armar una obra maestra del disparate, aportando de paso una profundidad y una claridad de ideas admirables.

 

Si hablaba del estado de irritación en el que me coloca otras muchas veces es debido a su incapacidad de apostar por la sencillez y por la economía de recursos cuando escribe. La minuciosidad, el detalle extremo y esas mastodónticas notas al pie que ocupan por sí mismas varias páginas forman parte del estilo Wallace, y a ello debemos acostumbrarnos, aunque nos cueste. No sería lo mismo si, como la mayoría, describiera el barco en el que viaje limitándose a mostrar sus elementos más significativos. Él nos cuenta con absoluta precisión la forma, el tamaño y el color del tornillo más diminuto, y nos enseña las herramientas que son precisas para acoplarlo en su sitio, y la cantidad de operarios necesarios para ello, y la ropa que llevaban cuando lo apretaron, y lo que comieron el día anterior, y con quién, y dónde...

 

Un motivo que explica mi resistencia a meterme de lleno en La broma infinita, una descomunal novela  que me llama insistentemente pero a la que procuro no hacer caso. Si alguien ha caído en sus redes, que me cuente cómo resultó la aventura.

 

 

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  1. Yo empecé a leer un par de libros suyos de cuentos...La niña del pelo raro, por ejemplo... y no me convence, oye. Se quedaron a medias esos libros.

    Escrito por martin el mié, 02 abr 2008

  2. A mí donde más me gusta es en el terreno de la no-ficción. En los relatos se pasa muchas veces de original y experimental. Como Coover.

    Escrito por Conway el mié, 02 abr 2008

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