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mié, 09 abr 2008 - Conway

A finales de la década de los setenta, Abimael Guzmán inició una guerra sin cuartel contra el Gobierno peruano que se saldó con cerca de 70.000 víctimas mortales, gran parte de ellos civiles y, en concreto, campesinos que poco, más bien nada, tenían que ver con un conflicto surgido de las extremas posiciones marxistas-leninistas-maoístas de Guzmán. La siniestra actividad de Sendero Luminoso, y la no menos desmesurada respuesta del Ejército ante la violencia, es ahora el eje central de La cuarta espada, una obra en la que Santiago Roncagliolo detalla un período trágico para su país y del que aún no se ha contado lo suficiente.


El escitor peruano desgrana en el libro la vida y, sobre todo, las terribles obras del líder senderista. Su nacimiento, fruto de una relación extraconyugal, una infancia marcada por la ausencia de su madre, sus primeros escarceos con la política en su época estudiantil y su progresivo ascenso dentro del movimiento comunista más radical hasta convertirse en una figura casi divina para sus seguidores.
 
El autor recurre a las declaraciones de quienes más cerca estuvieron del preso más célebre de Perú, ahora en reñida competencia con Alberto Fujimori. Algo nada sencillo al existir todavía, quince años después de su detención, un temor casi reverencial tanto al propio Abimael como al grupo terrorista que engendró. Conocemos así, a trancas y barrancas, el proceso por el que un anodino profesor universitario se convirtió en la pesadilla de todo un país, aterrorizado por las continuas matanzas y actos terroristas que se sucedían desde la más remota aldea hasta en la misma Lima.
 
Se echa de menos, eso sí, lo que debería haber constituido el muro de carga del libro: el testimonio directo, sin intermediarios, de su protagonista, en el que expusiera sus motivaciones para actuar de la forma en la que lo hizo. Algo que las ¿exageradas? medidas de seguridad que rodean al autoproclamado "cuarta espada del comunismo", tras Marx, Lenin y Mao, hicieran inviable esta posibilidad.
 
La evidente laguna no lastra, de cualquier manera, una obra necesaria para recordar unos acontecimientos relativamente recientes pero casi desterrados de la frágil memoria de una sociedad que Abimael Guzmán se empeñó en dinamitar hasta sus cimientos.

 

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