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Cine

jue, 17 abr 2008 - Conway

Hay gente para quien la etiqueta "cine independiente" supone un aval suficiente para justificar los seis euros de taquilla con los que los empresarios espantan cada vez a más espectadores de las salas. Pero espera que me desvío del tema. Decía que hay cierta gente por ahí que consideran que, por el mero hecho de que una cinta se estrene en el Festival de Sundance, su calidad ya queda fuera de toda duda. Pruebas incontestables como gran parte de la filmografía de Hal Hartley invalidarían dicha apreciación, pero aún así el cine ‘indie’ goza de un desmesurado prestigio. Pues bien, La familia Savages (sic), que ahora podemos ver en España, pasó por la última edición del festival apadrinado por Robert Redford. Y es una fantástica película.


 
Lo cierto es que, a priori, acumula un sinfín de papeletas para convertirse en un título prescindible y olvidable. Dos hermanos marcados por una infancia desgraciada y por una madurez insatisfactoria deben hacerse cargo de su padre, que evidencia los primeros síntomas de la demencia senil.
 
¿Dramón lacrimógeno? ¿Otro repaso a la típica familia disfuncional norteamericana a la que tenemos tan vista? ¿Discurso optimista "qué bonita la vida a pesar de lo duro que nos lo pone"? Pues todo eso, o quizá sería más oportuno decir que nada de lo anterior, o mejor un perfecto cruce de todos los ingredientes sin que ninguno de ellos destaque por encima del resto y amargue la receta es el segundo trabajo de Tamara Jenkins.
 
La presencia en los créditos ejerciendo de productor ejecutivo de Alexander Payne (Election, Entre copas) avisa del tono que luego nos encontraremos en la pantalla. Personajes grises, con vidas monótonas y aspiraciones evidentemente inalcanzables que se enfrentan a los reveses que les reserva el destino con la firmeza de quien sabe que no tiene otra alternativa.
 
Entre los actores que dan vida a esa familia de perdedores sobresale la figura siempre notable de Laura Linney, que espera su oportunidad para que el gran público reconozca de una vez por todas su talento interpretativo. El rol que desarrolla aquí, el de una autora teatral sin éxito, aficionada a la automedicación y enganchada a un hombre casado le valió una nueva nominación a los Oscar. Philip Seymour Hoffman, instalado ya entre los grandes, simplemente cumple.

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