Hace algo más de un mes hablábamos en Mandarina de Inquietud en el Paraiso, primera novela de la trilogía de Óscar Esquivias, que, con la guerra civil como trasfondo, planteaba seguir la senda de Dante en sentido inverso, desde el cielo hasta el infierno, pasando por el purgatorio. Precisamente este paso por el purgatorio es el que refleja la novela de la que nos ocupamos hoy, La ciudad del Gran Rey.
Si Inquietud en el Paraíso era una novela realista, casi de carácter costumbrista, con algunas gotas de ficción, en la segunda novela de la trilogía Óscar Esquivias abandona el realismo y se interna con fuerza en el mundo de la fantasía, eliminando casi por completo las referencias históricas del relato.
La Ciudad del Gran Rey comienza donde acaba la anterior novela, con el disparatado viaje al purgatorio organizado por Don Cosme. Sorprendentemente la extraña excursión resulta un éxito y, tanto los expedicionarios que se habían aventurado a participar en ella como el público que había acudido a la catedral a presenciarla son trasladados a un purgatorio muy particular.
Porque frente al Purgatorio imaginado por Dante, con forma de montaña, el de Oscar Esquivias es la propia ciudad de Burgos, aunque, eso sí, una ciudad de Burgos disparatada y caótica, en la que la vida no vale nada y que puede ser en cualquier momento destruida por el Gran Rey que da título a la novela. Este purgatorio es un trasunto del propio Burgos durante la guerra, y en él los personajes que viajan desde nuestro mundo se tornarán cada vez más salvajes y degenerados, mientras buscan una salida. Con su representación del purgatorio Esquivias quiere dejar claro un mensaje al lector: somos los hombres los que creamos el infierno, donde quiera que vayamos.
Esquivias sigue el mismo planteamiento coral que en su primera novela, revelándonos en pequeñas pinceladas las aventuras de los distintos personajes dentro del purgatorio. Así mismo, entre estos relatos inserta pequeños cuentos, que no están relacionados con la acción, pero que permiten al lector formarse una imagen clara del purgatorio al que han ido a parar los protagonistas y en algunos casos son lo suficientemente interesantes y bellos como para justificar su lectura por si solos,
Sin embargo, en este segundo libro la estructura polifónica planteada por Esquivias tiene algunas grietas. Los personajes entran y salen de la novela con excesiva rapidez, dando en ocasiones la sensación de que Esquivias abusa de su mejor virtud, la de retratar a personajes en apenas unas líneas, y no es capaz de profundizar en ninguno de ellos o de resolver las historias que ha planteado. Así, un personaje como Don Cosme, que es vital en el primer libro, en el segundo es prácticamente ignorado. Del mismo modo, el capitán Paisan, clave para estructurar gran parte de la trama de las dos novelas, es despachado sin rubor en apenas dos líneas.
Si bien este movimiento de personajes proporciona una gran agilidad al relato, al mismo tiempo tiene un peligro: le resta continuidad. Este peligro queda especialmente patente al final de la novela, en la que prácticamente todos los personajes que han desfilado por las páginas de los dos libros de Esquivias han desaparecido o están muertos y son irrecuperables para el libro que ha de cerrar la trilogía, Viene la noche. Estaremos atentos para ver con que nos sorprende Esquivias en su próxima novela
