La nueva película de Isabel Coixet ofrecía, al menos en una primera lectura rápida, suficientes razones como para prestarle la máxima de las atenciones. En primer lugar porque se trataba de la nueva pieza en la colección de una directora que ha sabido armar, con apenas media docena de títulos, una obra personal y muy coherente. En segundo lugar, porque adapta una de las novelas más conocidas del que, hoy por hoy, es el más respetado escritor de las letras norteamericanas. Y en tercer lugar, por un reparto lleno de nombres conocidos en el que hasta la siempre en entredicho Penélope Cruz cumple con solvencia. Por ello, es más que sorprendente que la palabra que te venga a la boca para describir Elegy nada más verla sea decepción.
Seguramente, el motivo del pequeño fiasco (tampoco vamos a exagerar) en el que se ha materializado Elegy haya que buscarlo en su mismo origen. Por primera vez,
Coixet recurre a un texto ajeno para uno de sus films, en este caso
El animal moribundo, de
Philip Roth. Para más inri, ni siquiera la adaptación de la novela es obra de la catalana, que de esta manera se ve en la obligación de llevar hasta su terreno, fácilmente identificable por parte de los espectadores, una historia en la que no tiene ninguna responsabilidad.
Además, el guión suaviza al máximo toda la crudeza y las escenas más morbosas del libro, con lo que le resta gran parte de su personalidad. De esta manera, nos encontramos ante una película a mitad de camino que no termina por definirse por ninguna de sus posibles alternativas. Ni es la mejor traslación posible a la pantalla de la novela ni puede decirse que sea una película cien por cien Coixet.
Nada que objetar a su factura técnica, irreprochable, ni a los actores (siempre es un placer contemplar a Dennis Hopper en plena forma), que en general se ajustan a sus papeles. Pero algo impide acogerla con la calidez que transmitía, por ejemplo, Mi vida sin mí. Ese calor se transmuta aquí no en frialdad pero sí en un cierto distanciamiento que impide la identificación con sus personajes. Y mira que lo intenta una Coixet que abusa de recursos para, precisamente, tocarle la fibra al espectador: esa envolvente música de Satie, esos planos metafóricos de playas desiertas y hojas cayendo de los árboles, esa voz en off que no hace sino remarcar de manera innecesaria lo que ya vemos en pantalla...
Una película, en definitiva, correcta pero que, lamentablemente, no posee el alma de los anteriores trabajos de su directora.