jue, 15 may 2008 - Conway
La virgen de los sicarios es, probablemente, el título recurrente a la hora de hablar de Fernando Vallejo. Si alguien vio la adaptación cinematográfica de la novela ya sabrá por qué territorio se mueve el escritor colombiano, cuáles son sus motivaciones y sus preocupaciones a la hora de ponerse delante de la página en blanco. La violencia que asola su país y, sobre todo, la impunidad con la que se ha instalado en todos los márgenes de la sociedad, marcan no sólo ésta obra, sino gran parte de su producción.
En El desbarrancadero, la violencia no es tanto la de esos chavales que por un puñado de billetes descerrajan un tiro en la cabeza a cualquiera que se ponga a tiro como otra mucho más cotidiana y que nos golpea cada día de manera leve pero insistente. Una violencia que comienza dentro de la misma familia y que socava poco a poco todos los órdenes establecidos.
Partiendo de su propia experiencia, algo frecuente en sus novelas, El desbarrancadero le sirve a Vallejo para realizarle la autopsia al mundo podrido que nos ha tocado vivir. La enfermedad y la muerte de su hermano Darío, enfermo de sida, es el detonante para mostrar sus complicadas relaciones familiares, en especial con una madre (la Loca) experta en parir hijos a los que es incapaz de ofrecer una miserable muestra de cariño. A partir de ahí, todo lo que le rodea es materia de crítica salvaje.
Entre la ficción y la realidad, Fernando Vallejo ataca, con su manera de escribir, directa y brutal, sin ningún tipo de contemplación, a la clase política corrupta que ha dejado Colombia en su lamentable situación actual y a la Iglesia católica, en especial al Papa, a quien considera corresponsable de muchas de las injusticias y los males del mundo actual.
Pero lo mejor será que veáis en qué consiste exactamente el incendiario estilo del colombiano, fruto, además, no de una impostura calculada, sino de su más profunda convicción: “El cura Papa, esta alimaña, gusano blanco viscoso, tortuoso, engañoso. ¡Ay zapaticos blancos, mediecitas blancas, sotanita blanca, capita pluvial blanca, solideíto blanco! ¿No te da vergüenza (…) andar todo el tiempo travestido como si fueras a un desfile gay?”.
Pues eso. Genio y figura.
