La mayor parte de la gente retrata la niñez como una etapa extremandamente feliz de la vida. Yo creo que nos agarramos a que cualquier tiempo pasa fue mejor, siempre. La crueldad de los niños, la violencia infantil, la envidia, ese tipo de cosas de las que ya no nos acordamos cuando somos mayores y que, según hemos ido creciendo, hemos ido disfrazando para ser politicamente correctas. En este punto, es inevitable recordar "El Señor de las Moscas".
Andrés Barba escribe este libro en el que cuenta cómo Marina, sufre un accidente en el que mueren sus padres y recala en un orfanato. En este punto, el lector (o al menos ésta lectora) piensa que vamos a caer en el manido "truco" del orfanato. Pues no, he aquí la sorpresa. En el libro apenas hay adultos, es más, sólo aparece la figura de "la adulta", así sin nombre, deshumanizada, como simple mediador y sin ningún tipo de carga narrativa. Desde que Marina llega al orfanato, las demás niñas se dan cuenta de cómo es su existencia. Es como cuando tienes la sensación de que de repente descubres la realidad por la mirada de alguien... pues igual. Las niñas la envidian, la adoran, la odian y la maltratan.
Es un libro completamente inquietante y, a veces, espeluznante. Está contado con una extrema sobriedad. Con todos los componentes, podría salir una historia basada en uns historia melodramática apelando a la sensiblería o a los tópicos, sin embargo es tan "neutro" que fomenta la desazón.
La historia está contada desde dos puntos de vista: el de Marina y el del resto de las niñas unidas en una sola voz, de modo que podemos ver viendo como la posición de poder va cambiando de manos y la percepción que tiene cada personaje de su posición.
El libro consigue engancharte desde el principio hasta el final.
La historia es aún más espeluznante cuando te enteras de que está basada en un hecho real que sucedió en Río de Janeiro.
Las manos pequeñas
Barba, Andrés
