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mié, 19 nov 2008 - Conway

“Que yo recuerde, desde que tengo uso de la razón siempre quise ser un gángster”. Las memorias delictivas de Henry Hill que Scorsese vertió en la pantalla en Uno de los nuestros arrancaba con esta declaración de intenciones de la que, por cierto, no estoy muy alejado. Y es que, nos guste o no, por más que detestemos sus terribles formas, la figura del criminal tiene, sobre todo gracias al cine y a la televisión, un aura que lo dota de un poderoso magnetismo. Seguramente, el ejemplo más claro sea El Padrino y el fascinante universo que crearon, cada uno en su parcela, Mario Puzo y Francis Ford Coppola. ¿Es que hay alguien a quien no le hubiera gustado pertenecer a la familia Corleone? Por Dios...



Pero a lo que vamos, que me pierdo. Todo esto me venía a la cabeza viendo Gomorra, la adaptación cinematográfica que Mateo Garrone ha hecho de la obra de Roberto Saviano, un verdadero fenómeno editorial en Italia que ha despertados las iras de la mafia napolitana por el retrato veraz y sin contemplaciones que ha realizado sobre sus actividades delictivas. Seguro que los niños que viven en las destartaladas calles de esta región italiana, más parecida a un campo de refugiados del tercer mundo que a un territorio de toda una potencia económica, también desean desde su más tierna infancia pertenecer a este ambiente, quizá porque es el único que conocen.


 

Garrone disecciona con mano firme una sociedad en caída libre hacia el abismo a través de cinco historias independientes pero con el lazo común que la Camorra ha sabido extender a su alrededor. El gran acierto de su director ha sido el de tratar de reflejar en toda su crudeza un asunto del que, como he apuntado antes, se frivoliza en exceso para ofrecer punto de vista completamente desenfocado. En este sentido, la película despoja a sus protagonistas de cualquier rasgo de glamour y, a cambio, los muestra tal y como son: como una panda de ignorantes sin escrúpulos (aterradora combinación) capaces de matar a su abuela por un puñado de euros y, además, alardear de ello ante los amigos. A su lado, los mezquinos, mugrientos y cutres mafiosos de Los Soprano son todo un dechado de elegancia.


 

Críos que sustituyen la educación de la escuela por la más práctica ley de la calle, en la que entran en contacto con los rituales de sangre que más adelante formarán parte de su vida cotidiana. Jóvenes que a los veinte años no tienen más referente que Tony Montana ni más aspiración que atracar la sala de videojuegos o, por qué no, dedicarse al lucrativo negocio de los asesinatos por encargo. Individuos sin escrúpulos que emplean a niños para conducir camiones y destrozan el medio ambiente con su particular concepción de la gestión de los residuos tóxicos. Son algunos de los personajes que desfilan por una película que hace del realismo su bandera (de hecho, muchos de los papeles son interpretados por los verdaderos protagonistas de las historias, camorristas incluidos), desigual en el resultado de cada una de las viñetas que la integran y que deja un regusto amargo en el espectador que contempla la voracidad insaciable de una organización criminal responsable de más de 4.000 crímenes en los últimos 30 años. Quiero ser mafioso, pero de los falsos, no como los que aparecen en Gomorra.

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  1. estoy de acuerdo con tu comentario, muy acertado. Yo he visto el film y me identifico mucho con lo que dices. Te sigo desde hace tiempo y me gusta mucho tu web, ánimo y pa'lante
    un saludo
    alberto

    Escrito por Alberto el mié, 19 nov 2008

  2. Hombre, pues gracias por la (diminuta) parte que me toca. La gran familia de Mandarina se felicita por ello.

    Escrito por Conway el jue, 20 nov 2008

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