Supongo que bajo el transfondo moralino de
No country for old men subyace la idea de que, como vaticinara Newton en su tercera ley de la dinámica (gracias Wikipedia), toda acción tiene su reacción. Si en medio del desierto te encuentras unas cuantas furgonetas desvencijadas, unos cuantos mexicanos tiroteados, unos cuantos kilos de droga y un maletín con dos millones de dólares, y decides llevártelos, has de asumir que es más que probable que el dueño del dinero intente encontrarte para recuperarlo.
Lo malo es cuando quien te persigue es un asesino como al que da vida Javier Bardem: un psicópata hermético, cerrado e intimidatorio que en ningún momento de la película concede un hálito de esperanza. Con la efectividad de un operario suizo, con una falsa calma cargada de tensión y tozudez va dando todos los pasos necesarios para, de una manera u otra, cumplir la tarea que le han encomendado.
Comienza así una escalada de violencia de dimensiones incalculables en la cual se sustenta toda la película, pero no a la manera hollywoodiense, cargada de acción y visualmente efectista. No. Los hermanos Coen, que de ésto saben algo, trazan un camino cargado de silencios, de personajes colmados de introspecciones, traumas y debates internos en el que la muerte es sólo una consecuencia o un episodio más. Porque nunca la cosa acaba ahí.
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